sábado, 21 de enero de 2012

Como lograr la castidad?


Como lograr la castidad y luchar contra el vicio impuro.

Recientemente he leído un libro en el que explican de manera muy importante como combatir contra el vicio impuro y lograr la castidad, así como los métodos eficaces para no caer en la impureza.

CAPITULO 18

MODOS MUY IMPORTANTES PARA COMBATIR CONTRA EL VICIO IMPURO

Todos podemos repetir las palabras de san Pablo: "Siento en mí mismo una ley de la carne que lucha continuamente contra el espíritu. La carne tiene deseos y tendencias con­trarias al espíritu, y el espíritu siente inclinaciones contrarias a la carne" (Ga 5, 17).

Contra el vicio de la impureza hay que combatir más fuerte­mente que contra todos los demás porque es el más traicionero y el que nunca deja de hacernos la guerra. A donde quiera que vayamos llevaremos nuestro cuerpo, y éste siempre tendrá in­clinaciones pecaminosas que si nos descuidamos nos puede llevar a caer en pecado en el momento menos pensado. En el combate contra la impureza hay que emplear ciertas técnicas que producen muy buenos resultados. Por ejemplo:

ANTES DE LA TENTACIÓN. Hay que ir combatiendo con­tra las causas que nos inclinan hacía la impureza y evitar el trato con personas que nos puedan ser ocasión de tentación pecaminosa. Recordemos que en este asunto de la castidad resultan vencedores quienes saben huir a tiempo, porque si nos exponemos a la ocasión se cumplirá siempre aquel aviso que repetían los antiguos maestros espirituales: "En llegando la ocasión, y en agradando, caerás todas las veces". Es inútil acercar un papel a una llama encendida y decir: "No quiero que arda". Por más propósito que tenga­mos de que no arda, arderá.

Si por obligación tenemos que tratar ciertos ejemplares humanos que nos atraen muy fuertemente, es necesario hacer el sacrificio de mostrarnos fríos y casi indiferentes en el trato, porque a cualquier libertad que le demos a nuestro sentimentalismo, éste irrumpirá como las aguas de una re­presa cuando se abren las compuertas, arrastrará y se lleva­rá al abismo todos nuestros buenos propósitos de conservar la santa pureza.

Nunca se puede confiar en uno mismo. Aunque lleve­mos 25 y más años sirviendo a Dios, recordemos que el espíritu de la impureza suele hacer en una hora lo que no había podido en muchos años. Y cuando menos sos­pechamos nos puede hacer una jugada traicionera y derro­tarnos. Aunque tuviéramos la fuerza de Sansón, el valor de David y la sabiduría de Salomón, nos puede suceder que si nos exponemos a la ocasión caigamos tan miserablemente en pecados impuros como le sucedió a esos famosos per­sonajes. En esto sí que no hay persona que pueda afirmar: "De esta agua no beberé". Y es la alcantarilla más podrida y envenenadora que existe.

No hay que confiar en las resoluciones y los buenos propósitos que se han hecho, pues aunque nos hayamos propuesto morir antes de ofender a Dios, si encendemos el amor sensual con conversaciones dulzarronas, melosas y frecuentes, la pasión se apoderará de tal manera que nuestro corazón que ya no le importará que la otra persona sea pa­riente, familiar o dirigida espiritualmente o aspirante a espe­cial grado de santidad y con tal de satisfacer la inclinación pecaminosa se olvidan todos los deberes y hasta la santa ley de Dios, nos interesa dar escándalo y perder la buena fama ante los demás. Y en estos casos serán inútiles y vanas todas las exhortaciones de los amigos, los propósitos y planes que se han hecho de conservar la santa virtud, se nos olvidará el temor a ofender y disgustar a Dios, y aunque tuviéramos en frente al mismo fuego del infierno no detendríamos los impul­sos a que nos llevan las llamas impuras de nuestra pasión sensual. Así que no nos queda sino una solución: huir, huir, como se huye de una víbora venenosa o de alguien con una infección muy contagiosa o de un perro rabioso, o de un loco que ataca con un machete afilado o de un toro feroz que embiste a cuanto encuentra. Huir, si no queremos perder la vida del alma, la paz del corazón y las bendiciones de Dios.


 CAPITULO 19

OTROS MÉTODOS EFICACES PARA EVITAR CAER EN LA IMPUREZA
1o Hay que evitar la ociosidad. En las aguas estanca­das se multiplican todos los malos bichos y las infecciones mortales. Es necesario estar siempre tan ocupados que podamos responder lo que aquel discípulo dijo a su santo director espiritual que le había aconsejado que para evitar las tentaciones impuras estuviera siempre dedicado a ocu­paciones que le llenaran todo su tiempo. Cuando el Padre le preguntó si en esos días había tenido tentaciones le res­pondió: "¿Y con qué tiempo?". Un gran maestro de espíritu exclamaba: "Más daño le puede hacer a un alma el estar sin hacer nada, que el recibir tentaciones del demonio". Lo cual es verdaderamente digno de ser meditado.

2o No juzguéis mal de los demás. Cuenta Casiano que un monje se dedicó a juzgar tan duramente a los otros que el Señor permitió que le llegaran tentaciones casi enlo­quecedoras y al consultar al Padre Abad, éste le dijo: "Es la consecuencia de haberse dedicado a condenar a los demás en el tribunal de su cerebro. No condene a nadie y verá que se apagan los incendios de sus pasiones". Así lo hizo y des­cansó de tan terribles ataques.

Cuando sepamos que alguien ha caído en pecados es­candalosos pensemos: "Si yo hubiera estado en ese caso con los sentimientos y debilidades que me dominan, quizás habría pecado lo mismo y aun peor". Y repitamos lo que decía san Agustín: "No hay pecado que otro ser humano haya cometido que yo no pueda cometer". Y en vez de des­preciar a la otra persona o de murmurar o criticar o publicar sus faltas, recemos por su conversión, pidamos a Dios que le conceda fuerza de voluntad para no seguir cayendo, y ande­mos con mayor prudencia no sea que la próxima víctima que los enemigos del alma logren derrotar seamos nosotros.

Recordemos que sí somos fáciles en juzgar y conde­nar a los demás y en despreciarlos, Dios nos corregirá a nuestra propia costa, permitiendo que caigamos en las mismas faltas que condenamos, para que reconozcamos nuestro orgullo y así llenos de humildad nos corrijamos de la mala maña de andar condenando y depreciando a los demás. Porque puede cumplirse lo que decía san Pablo: "¿Por qué condenas a los demás, si tú haces lo mismo que condenas?" (Rm 2).

Si vivimos condenando y despreciando a otros, estare­mos siempre en peligro de caer en esas mismas faltas que condenamos y publicamos.

Y MUCHO CUIDADO CON LOS PENSAMIENTOS DE ORGULLO

Un experimentadísimo director espiritual afirmaba: "Cuan­do veo que alguien acepta de buena gana los pensamientos de orgullo tengo la seguridad de que le llegarán terribilísi­mas tentaciones de impureza y humillantes caídas. Porque "Dios resiste a los orgullosos" (St 4, 6).

Si alguien se persuade de que ha llegado ya a tal perfec­ción que los enemigos de su pureza no se hallan en estado de hacerle la guerra y de derrotarle, y los mira con despre­cio, haciéndose la ilusión de que les tiene ya la suficiente aversión y el debido asco y horror para no aceptarles sus sugerencias, le puede suceder que caiga entonces con mayor facilidad.

¿Y QUÉ HACER CUANDO LLEGUE LA TENTACIÓN?

Lo primero que conviene hacer en estos casos es ave­riguar de dónde viene la tentación, si del exterior o del inte­rior. Si llega del exterior por medio de los ojos, de los oídos, de las amistades peligrosas, de las ideas desvergonzadas que se propagan entre la gente, o de modas indecorosas. O si en cambio viene del interior: de nuestra imaginación, de los deseos sensuales que nos asaltan, de los malos pensa­mientos o recuerdos indebidos o de las malas costumbres que hemos adquirido.

Si viene de fuera es absolutamente necesario poner un freno a los sentidos para ser capaz de dominarlos. "Ojos que no ven, corazón que no siente", dice el refrán. Pero ojos que sí ven, corazón que sí siente y que probablemente consiente también. Hay que hacer el pacto que el santo Job hizo con sus ojos. Él dice: "Nos pusimos de acuerdo en no mirar cuerpos atractivos" (Jb 31, 1). Ciertas canciones no tienen "letra" sino "letrina", y si las escuchamos con gusto nos excitamos hacia el mal. Las conversaciones impuras causan a veces mayor excitación que un manoseo, y esto resulta un desastre para el alma. Existen ciertos "ejem­plares" humanos cuya cercanía nos produce tan grande inclinación hacia el pecado, que si no evitamos su trato y amistad y no nos alejamos a tiempo de su presencia vamos directamente hacia nuestra ruina espiritual. Después llora­remos las caídas, pero ya será demasiado tarde. Tenemos que repetirles valientemente (aunque sea sólo en el pensa­miento). "Su amistad es dañosa para mi alma. Su compañía me trae mucho mayor mal que bien".

Si el ataque viene desde dentro, por nuestros malos deseos o pensamientos impuros o malas costumbres adqui­ridas, es absolutamente necesario hacer algunas pequeñas mortificaciones de vez en cuando. Dejar de comer algo, de­jar de beber alguna vez cuando sentimos deseo de hacerlo, etc., porque la mortificación fortifica la voluntad. Y llenar la mente de pensamientos buenos por medio de lecturas pia­dosas y de recuerdos de hechos edificantes como por ejem­plo los que narra la Sagrada Biblia o los que se leen en las Vidas de los Santos o en los libros formativos. En el cerebro no pueden existir dos ideas al mismo tiempo. Así que si con buenos recuerdos y provechosas lecturas llenamos el cere­bro de ideas santas, ellas quitarán el espacio a las ideas pecaminosas y éstas tendrán que irse. Pero si ellas encuen­tran el cerebro vacío de ideas provechosas, aprovecharán la ocasión para anidar allí y producirán espantosos males al alma y a la personalidad.

Cómo orar en la tentación. En el Evangelio hay una advertencia de Jesús que nunca debemos olvidar o dejar de cumplir. Dice así: "Orad, para no caer en tentación. Porque el espíritu esta pronto pero la carne es débil" (Mt 27, 41) y el Divino Maestro añade un aviso de enorme impor­tancia: "Ciertos espíritus impuros no se alejan sino con la oración" (Mc 9, 29). Cuando nos llega la tentación es nece­sario elevar a Dios muchas y pequeñas súplicas para que vengan en nuestra ayuda. ¿Qué diríamos de un capitán que viendo a su batallón atacado por fuerzas que le superan en número y en armamento, no enviara mensajes a los mandos superiores pidiendo refuerzos? Y nosotros, al sentir el ataque del mundo, del demonio y de la carne, ¿nos quedaremos sin pedir ayudas del Señor Dios de los ejércitos?

Hay que decirle con el Salmo: "Mira Señor que me atacan, y no tengo a dónde huir. Pelea Tú Señor, contra los que me hacen la guerra, y dile a mi alma: "Yo soy tu victoria" (Sal 34). "No entregues a la furia de los gavilanes asesinos esta paloma indefensa que es mi pobre alma". "No me abandones, Dios de mi Salvación". "No abandones la obra de tus manos" etc.

Un remedio muy útil. Muchísimas personas han experi­mentado con gran provecho para lograr conseguir la victoria contra las tentaciones el mirar fijamente y con cariño el crucifijo, y mientras se va pensando en cada una de las heridas de Jesús, las de las manos, los pies y el costado, decirle con san Bernardo: "Señor: cuando el gavi­lán traicionero de mis tentaciones me ataca para quitarme la vida de la gracia y de la amistad con Dios, yo como tímida avecilla vuelo con mi pensamiento a esconderme en esas grietas salvadoras de mi Roca, en esas tus cinco heridas, y allí logro verme libre del enemigo traidor". "Jesús: tú has muerto por mí, y yo ¿qué sacrificio haré por conservar tu santa amistad? Te ruego que imprimas en mi alma los más vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad, dolor de mis pecados y propósito de jamás ofenderte, mientras que yo con el mayor amor que me es posible voy considerando tus cinco heridas, recordando aquellas palabras de ti, Dios mío, dijo el santo profeta David: "Han taladrado mis manos, mis pies y se pueden contar todos mis huesos".

"Algo en lo que no se debe pensar". Existe en muchas personas una equivocación que les puede hacer un gran daño, consiste en creer que para alejarse de la tentación, especialmente de la tentación de impureza, conviene dedi­carse a pensar en lo malo y feo que es ese pecado. Esto es sumamente dañoso pues produce "fijación" de la mente en lo que es impuro lo cual aumenta y excita más las tentaciones y las inclinaciones pecaminosas, y pone a la voluntad en peligro de deleitarse en esos recuerdos y de consentir luego en eso que la deleita. Lo contrario de esto es lo verdadero. Lo que conviene en estos casos es apartar totalmente la imaginación, el pensamiento o el recuerdo de los objetos impuros y dedicarse a pensar en otras cosas. Porque si se detiene el pensamiento en querer repelerlos considerán­dolos dañosos y peligrosos lo que se consigue es obsesio­narse más por esos temas y grabarlos en la mente. Y como el cerebro es el que dirige toda la sexualidad humana, si éste se halla infectado y envenenado con esos recuerdos e ideas fijas, todo el organismo queda pervertido y va directa­mente hacia la maldad. Recordar esas cosas es un engaño del demonio que se disfraza de ángel de luz.

En cambio sí nos dedicamos a pensar en la Pasión y Muerte de Jesús, este provechoso recuerdo logrará ir ale­jando los pensamientos dañosos. No nos dediquemos a recordar las impurezas que hemos tenido, ni siquiera para lamentarlas y rechazarlas, sino que considerándolas como obras del demonio tratemos de no pensar jamás en ellas. Y en estas situaciones de dificultad demostremos que sa­bemos recurrir a la Virgen Santísima. Ella siempre ayuda admirablemente.


PD: LOS CAPITULOS FUERON EXTRAIDOS DEL LIBRO: El Combate Espiritual del P. Lorenzo Scúpoli.


1 comentario: